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Dijo, besando a su hija en las mejillas—. Ya sabes que trabajo por ti, �verdad…? Lo único que deseo es tu felicidad y para ser feliz hace falta dinero. Sin dinero, nos quedamos a dos velas. Mira, aquí tienes un napoleón nuevo que he hecho traer de París. Por todos los diablos, aquí no hay ya oro. Solo tú tienes oro. Enséñame tu oro, hijita. —¡Bah! Hace demasiado frío. Vamos a desayunar —le respondió Eugénie. —De acuerdo, pero luego me lo enseñas, �vale? Eso nos ayudará a todos a hacer los angeles digestión. Ese gordo de Des Grassins, a pesar de todo, nos ha enviado esto —prosiguió—. Vamos, comed, hijas mías, que eso no nos cuesta nada. Des Grassins está bien, estoy contento de él. El merluzo le hace un desire a Charles, y además free of charge. Está resolviendo de primera los asuntos del pobre difunto Grandet. �Uy, uy, uy! —exclamó con l. a. boca llena, tras una pausa—. �No hay nada mejor que eso! Come, mujer, que eso sirve de alimento por lo menos para un par de días. —No tengo hambre, ya sabes que estoy muy delicada. —Claro, pero te puedes atiborrar sin temor a reventar; eres una l. a. Bertellière, una mujer sólida. Un poco amarillenta, pero a mí me gusta el amarillo. Para un condenado, los angeles espera de una muerte ignominiosa y pública es tal vez menos terrible que l. a. espera de los acontecimientos con que acabaría aquella comida commonplace para l. a. señora Grandet y Eugénie. Cuanto más alegre y dicharachero se mostraba el viejo viticultor al hablar y al comer, más se estremecía el corazón de ambas mujeres. l. a. hija, sin embargo, contaba con un apoyo en esa coyuntura: sacaba fuerzas de su amor. �Por él, por él moriría mil veces», se decía. Con este pensamiento en mente dirigía a su madre miradas resplandecientes de coraje. —Quita todo esto —dijo Grandet a Nanon cuando, hacia las as soon as, acabaron de desayunar—, pero déjanos l. a. mesa. Así estaremos más cómodos para contemplar tu pequeño tesoro —dijo mirando a Eugénie—. No tan pequeño, vamos. En su valor intrínseco, posees cinco mil novecientos cincuenta y nueve francos, y cuarenta de esta mañana, lo que hace seis mil francos menos uno. Y yo mismo te daré ese franco para redondear los angeles suma, porque ya ves, hijita… �Y por qué nos estás escuchando? Gira sobre tus talones y ve a hacer tu trabajo, Nanon —dijo Grandet. Nanon desapareció. —Escúchame, Eugénie, tienes que darme tu oro. No se lo vas a negar a tu papaíto, �verdad, hijita? Las dos mujeres habían enmudecido. —Yo ya no tengo oro. Tenía, pero ya no tengo. Te daré seis mil francos en libras y las invertirás tal como te indicaré. Ya no hay que pensar en l. a. docena. Cuando te case, cosa que será pronto, te encontraré un pretendiente que podrá obsequiarte l. a. más bella docena que jamás se haya visto en toda los angeles provincia. Escúchame atentamente, hijita. Se presenta una ocasión magnífica: puedes invertir tus seis mil francos en el gobierno, y cada seis meses tendrás cerca de doscientos francos de intereses, sin impuestos, ni compensaciones, ni granizo, ni heladas, ni mareas, ni nada de cuanto pone en peligro los beneficios. �Tal vez no te apetece separarte de tu oro, hijita?

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